Así era el fenómeno «yé-yé» que revolucionaba a la juventud española en 1965


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Basado en un artículo de ABC del 3 de octubre de 1965 llamado «Yeyeísmo»

En 1965, cuando el pop comenzaba a transformar la sociedad española, la prensa intentaba explicar un fenómeno que ya se veía en las calles, en las salas de baile y en los tocadiscos: el nacimiento de la generación «yé-yé».

La palabra «yé-yé» había nacido apenas unos años antes, inspirada en el repetido «yeah, yeah» de las canciones británicas que triunfaban en medio mundo. Lo que comenzó identificando a un tipo de música acabó convirtiéndose en la etiqueta de toda una generación.

En 1965, ser «yé-yé» ya no consistía únicamente en escuchar discos de moda. Era una manera de vestir, de comportarse y de disfrutar del tiempo libre. Bastaba recorrer cualquier ciudad española para identificar a aquellos jóvenes que querían diferenciarse de sus padres.

Los pantalones comenzaban a ensancharse desde la rodilla hasta convertirse en campanas. Las camisas lucían colores vivos y cuellos estrechos. Los chicos dejaban crecer el cabello hasta rozar el cuello, mientras las chicas imitaban las últimas tendencias llegadas de Londres o París. A todo ello se sumaba una actitud relajada, movimientos aprendidos de los nuevos cantantes y una aparente despreocupación que desconcertaba a buena parte de los adultos.

Sin embargo, el fenómeno iba mucho más allá de la estética.

La prensa de la época observaba que el «yeyeísmo» era una nueva forma de entender la juventud, aunque muy distinta de otros movimientos internacionales que comenzaban a cobrar protagonismo. Mientras los beatniks estadounidenses defendían una ruptura cultural con la sociedad, los angry young men británicos expresaban su desencanto generacional, los blousons noirs franceses escandalizaban con su rebeldía callejera y los nadaístas colombianos cuestionaban las normas culturales, el joven «yé-yé» español parecía buscar algo mucho más sencillo.

No pretendía cambiar el mundo.

Tampoco escribía manifiestos ni defendía grandes teorías. Su revolución consistía en disfrutar de la música moderna, seguir la moda del momento, reunirse con los amigos, bailar y diferenciarse de la generación anterior sin romper realmente con ella.

Aquellos jóvenes vivían pendientes de los nuevos discos, imitaban los gestos de sus artistas favoritos y encontraban en el tocadiscos el centro de su ocio. La industria musical comenzaba a descubrir que los adolescentes constituían un nuevo mercado y respondía con una oferta cada vez mayor de canciones, revistas, ropa y salas de baile pensadas exclusivamente para ellos.

La imagen del «yé-yé» también respondía a un modo de entender la vida. Se trataba de un joven preocupado por su aspecto, cuidadoso con su peinado, su ropa y hasta con el brillo de sus zapatos. Le gustaba llamar la atención, pero sin caer en los excesos de otras corrientes juveniles que empezaban a extenderse por Europa y Estados Unidos.

Frente a la rebeldía radical de los beatniks o al inconformismo que poco después caracterizaría a los hippies, el «yé-yé» representaba una juventud optimista, consumista y, en cierto modo, cómoda. Su mayor aspiración era pasarlo bien. La vida era un juego y la música, su mejor banda sonora.

La prensa incluso señalaba que el «yeyeísmo» tenía sus propios escenarios y horarios. Entre semana aparecía especialmente al caer la tarde, cuando terminaban las clases o el trabajo y comenzaban los paseos, las cafeterías y los bailes. Los domingos, en cambio, la juventud ocupaba durante todo el día los clubes y salas de fiesta que empezaban a multiplicarse en las ciudades españolas.

Muchos adultos contemplaban el fenómeno con una mezcla de sorpresa, ironía y cierta indulgencia. Aquellos chicos resultaban ruidosos, llamativos y algo extravagantes, pero difícilmente peligrosos. Más bien parecían atravesar una etapa inevitable del crecimiento.

No faltaban quienes comparaban el «yeyeísmo» con una especie de enfermedad pasajera de la adolescencia: muy contagiosa entre los jóvenes de quince o dieciséis años, de duración variable y destinada a desaparecer cuando llegaran las responsabilidades de la vida adulta.

Aunque el artículo de la época solo menciona a Sylvie Vartan como icono musical del momento, en la España de 1965 el fenómeno «yé-yé» también sonaba con artistas como Los Brincos, Los Sirex, Los Mustang, Karina, Raphael, Françoise Hardy, Johnny Hallyday y, por supuesto, The Beatles, cuya influencia marcó a toda una generación.

Con la perspectiva que ofrecen seis décadas, aquella descripción refleja perfectamente cómo una parte de la sociedad española contemplaba el nacimiento de la primera gran cultura juvenil de masas. El «yé-yé» no fue una corriente de protesta ni un movimiento ideológico, sino la expresión de una generación que empezaba a descubrir el consumo, la moda, el pop y el ocio como símbolos de identidad.

Muchos de aquellos jóvenes abandonarían pocos años después la estética «yé-yé» para abrazar nuevas tendencias como el movimiento hippie, el rock o la canción de autor. Pero durante unos años protagonizaron una pequeña revolución cotidiana que transformó la forma de vestir, de bailar y de entender la juventud en la España de los años sesenta.

Fotograma de la Revista Imágenes de No-Do «De la Selva Al Twist«

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