Varios miles de personas en el entierro del payaso «Fofó» (diario ABC 24 de junio de 1976)

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Madrid, 23 de junio de 1976. A primeras horas de la tarde de hoy ha tenido lugar el entierro de los restos mortales del popular payaso del programa «Había una vez un circo» de TVE, Alfonso Aragón «Fofó».

A lo largo de la mañana han desfilado ante el cadáver del conocido payaso varios miles de personas, y entre ellas muchos niños. La capilla ardiente había sido instalada en la Clínica de la Concepción, donde había fallecido en la noche de ayer.

Entre las personas que acudieron a orar ante el féretro de Fofó figuraban personalidades del mundo del espectáculo, la canción y el deporte.

La salida del féretro de la capilla ardiente para introducirlo en el coche mortuorio que lo trasladaría al cementerio de Vallecas fue acogida con grandes aplausos por los presentes. Seguidamente se formó la comitiva fúnebre hasta el citado cementerio, donde los restos mortales de Alfonso Aragón recibieron cristiana sepultura. Dos furgonetas fueron precisas para transportar las coronas y ramos de flores enviados por los amigos y compañeros del actor fallecido.


Galardón, a título póstumo, a «Fofó»

La Unión (Murcia), 23. Ante la noticia del fallecimiento de Alfonso Aragón Bermúdez «Fofó», la comisión organizadora del VII Certamen del Trovo ha decidido concederle, a título póstumo, el «Arca de Plata» de juglar del trovo.

Este certamen se celebra en el mes de agosto, junto con el Festival del Cante de las Minas.

Para elaborar los trofeos que se conceden en estos certámenes, la Sociedad Minera Peñarroya ha ofrecido varios kilos de plata, extraídos de la cuenca minera de esta comarca.

«Fofó es ya un recuerdo», información del Diario ABC del 24 de junio de 1976

Los teletipos, con su acostumbrado laconismo, nos informan que a mediodía de ayer fue enterrado «Fofó» en el cementerio de Vallecas. La noticia es rigurosamente cierta en su significado de realidad física, pero se nos antoja un tanto inexacta en su total dimensión; sencillamente, porque «Fofó», por encima de un ser humano, es un ente inmaterial que alienta en el pensamiento, de incontrolables vuelos, de todos los niños españoles. Ha podido fallecer un hombre bueno llamado Alfonso Aragón Bermúdez, pero «Fofó» no puede ser enterrado, como no se pueden sepultar los sueños infantiles.

Así como aquel gran amante del circo, que se llamó Ramón Gómez de la Serna, aseguraba que «los payasos, al morir, irán a trabajar a los circos de la luna», presumimos que «Fofó» ha hecho su entrada en el gran circo de la gloria, saludando a los bienaventurados con su personalísimo «¿Cómo están ustedes?». Y la presunción no es del todo gratuita: el mismo Evangelio nos la afianza al decir por boca de Jesús: «Lo que hiciereis por uno de estos pequeñuelos, por Mí lo hacéis». «Fofó» consagró toda su vida a la entrañable misión de hacer felices a los niños, a miles, a millones de niños de España y de veinte países hispanoamericanos. No llega su alma a la gloria eterna con las manos vacías.

Los niños están tan llenos de vida, que no entienden la muerte. Por eso, cuando ayer sus padres les dijeron que «Fofó» había muerto, no les creyeron. Y los niños llevan siempre la razón; el día que no la lleven sobrevendrá el fin del mundo. «Fofó» ha cambiado únicamente de circo; se ha incorporado al número que ejecutan eternamente sus mayores, Pompoff y Thedy. Desde ahora aparecerá en las pantallas celestiales, en un programa que no termina nunca, dedicado a esos seres privilegiados que son los niños que nunca dejarán de ser niños porque alcanzaron el incomparable privilegio de no crecer ni envejecer.

Su paso por la vida ha sido excepcional, porque su talento desbordó la tradicional limitación del género circense, para alcanzar la categoría de un fenómeno sociológico digno de serio estudio. Siempre el payaso ha constituido un concepto difuso, cargado de aureola grotesca y entelequia trágica; su llanto ha sido explotado por numerosos escritores y pintores, los más de ellos mediocres, que recurrieron a motivaciones de elemental sensiblería para conmover a lectores y espectadores; pero no hicieron más que arañar la piel del clown, de hurgar en la superficie de su esencia. Por la sencilla razón de que los adultos no suelen estar capacitados para comprender la excelsitud del payaso; para eso hay que poseer espíritu de niño.

En el caso de «Fofó», esta característica se agiganta, porque hasta ahora los payasos habían enfocado sus actuaciones hacia los adultos; sus chistes, sus «gags» iban dirigidos a un público mayor de edad, hasta el punto de que los niños no asimilaban más que las clásicas bofetadas, los descomunales relojes de pulsera, las narices de patata, las desmesuradas corbatas, los gigantescos zapatones y la peluca de lana o paja. «Fofó», en cambio, rompió con la secular tradición y actuaba a cara limpia, a voz sin falsete y dirigiendo su quehacer exclusivamente a los niños. De ahí su enorme éxito, su aceptación multitudinaria, unánime, por el público infantil.

Si bien es cierto que la televisión le proporcionó una propaganda incalculable en España, ésta hubiera caído por su propia base si el artista no hubiera respondido a una calidad realmente extraordinaria. Su labor estuvo basada en un profundo estudio analítico de la psicología infantil. No fue el típico tópico payaso llorón, no dio ni recibió bofetadas, no cayó en el facilón recurso de contar chistes, que los chistes —a ver cuándo se van a enterar los payasos— les gustan a los mayores, pero les dejan indiferentes a los niños. Por el contrario, tendía constantemente un puente al público para convertir a los propios niños en los auténticos protagonistas de su espectáculo, convirtiéndose en vehículo para establecer una integral participación dinámica del niño en el fenómeno lúdico, y logrando que éste no tuviera que adaptarse a un espectáculo de adultos, sino que el adulto se sumergiera en ese mundo infantil, fabulosamente creado por «Fofo». Ello explica el clima de apoteosis en que siempre actuaba, y de ahí se deriva y justifica el que hubiera llegado a ser el payaso más popular de los últimos años.

— Julio Martínez Velasco.

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